Antes que mexicanos somos guadalupanos

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Antes que mexicanos somos guadalupanos

Miércoles, 12 Diciembre 2018 08:52 Escrito por 
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No hay nada que me conmueva más que la religiosidad de los pueblos. Corrijo: no hay nada que me conmueva más que la religiosidad de mi pueblo.

Mañana será 12 de diciembre y, en México, los feligreses se alistan para celebrar la fiesta católica más importante de mi país: el día de la Virgen de Guadalupe.
Curiosamente el día de hoy –justo un día antes de esa gran fecha– tuve que hacer un recorrido de poco más de 80 kilómetros para atender asuntos laborales. Durante todo el recorrido –de ida y de regreso– he coincidido con casi un centenar de grupos de peregrinos, desde los que avanzan caminando, otros corriendo en relevo de antorchas, algunos más en bicicleta, camionetas o autobuses. Todos llevan un mismo destino: la Basílica de Guadalupe, localizada al pie del Cerro del Tepeyac, al norte de la Ciudad de México. El recinto mariano más visitado del mundo, sólo superado por la Basílica de San Pedro, en el Vaticano.

Desde la madrugada de hoy cientos, miles, más de siete millones de fieles se darán cita para mirar, aunque sea por un instante, a la Virgen de Guadalupe, a su “morenita”, la Patrona de América. Vienen a cantarle, a rezarle, a honrarle. Hay quienes vienen a agradecerle, y otros, a encomendarse. Las razones pueden ser empleo, salud, pareja, familia o simple devoción…

Quienes no pueden trasladarse a la Basílica, celebran a “La Morenita” en alguna de las miles de iglesias, parroquias o capillas distribuidas a lo largo y ancho del país, dedicadas a la Virgen María, en su advocación de Guadalupe. Algunos otros la celebran desde casa, desde su barrio, desde su comunidad, la festejan y se encomiendan a ella. Incluso pueden hacerlo ya desde un correo electrónico, dicen que la Virgen de Guadalupe recibe cerca de mil peticiones diarias por ese medio y que le corresponde al sacristán guardarlas con secrecía en una memoria USB, para llevarlas hasta su altar.

Si bien voy pocas veces a la iglesia, respeto mucho a quienes tienen un espíritu ecuménico. Independientemente de mi fe, me incomoda cuando algunas personas se muestran molestas y agraviadas por el ambiente festivo que se vive en el marco de esta tradición: los cuetes, la música y los peregrinos, por no hablar del hecho de ser un día de asueto oficial en un país laico, para celebrar una tradición católica; pero es que no se trata de una tradición cualquiera, es sin lugar a dudas la más mexicana de todas las celebraciones, es parte de nuestros símbolos, de nuestra tradición y de nuestra cultura, seamos o no católicos, los mexicanos somos guadalupanos.

Pertenecer a un pueblo es reconocerse en sus tradiciones, a pesar de su dinámica cambiante; asumiendo nuevas funciones y significados, según la contingencia dentro del contexto de la sociedad. Pertenecer implica incorporarnos a ese proceso inacabado de creación–recreación, de producción–reproducción, en ese sistema constante de renovación.

El hambre, el frío, el cansancio se desvanecen ante el anhelo de estar frente a la Virgencita del Tepeyac. Me eriza la piel saber que esta celebración también desvanece fronteras, razas y clases sociales; como diría Joan Manuel Serrat: “hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha…”.

No dejo de admirar a las personas que –por alguna promesa– brindan a los peregrinos un poco de café, atole, tamales, una cobija o simplemente un vaso con agua.

Esta cayendo la noche, se intensifican los cantos y, en breve, empezaremos a escuchar “Las Mañanitas” y la música que evoca el momento en que Juan Diego atendió lo que la Virgen le dijo: “Este cerro elijo para hacer mi altar...”.

En lo individual y colectivo son respetables y admirables los actos de fe, cualquiera que estos sean, siempre que no pongan en riesgo la vida de otras personas. Estoy a favor de la fe que es dinámica, abierta, que no se desvía hacia convicciones absolutas. Estoy a favor de la fe de los creyentes, no del uso y control que se hace con ella.

Estoy a favor de ese mundo fascinante y misterioso, incomprensible en muchos momentos y erizante en el alma en otros más.

Escribo sabiendo que dormiré poco y que estaré acompañando de alguna manera esta celebración…

 

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Ivett Tinoco García

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