México contra sí mismo
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Publicado en Opinión

México contra sí mismo

Jueves, 14 Mayo 2026 00:00 Escrito por 
Palabras al viento Palabras al viento Juan Carlos Núñez

La identidad mexicana opera como “automatismo inconsciente”, que según explica John Bargh, en su obra ¿Por qué hacemos lo que hacemos?, ocasiona que nuestros juicios y conductas sean disparados por estímulos ambientales que activan marcos mentales preexistentes sin que lo notemos. En México, la narrativa oficial (primero el nacionalismo revolucionario y ahora la nueva escuela mexicana), desde los gobiernos emanados de la Revolución, ha logrado que, a través de la escuela, se transmita, acepte y consolide un estereotipo de derrota y victimismo. Según este estereotipo inconsciente, lo español es lo "malo" y lo indígena es lo "bueno" (pero caído, derrotado); somos un "pueblo conquistado" y agraviado, lleno de resentimiento. Esta distorsión de la realidad, “profecía autocumplida”, ha generado una disonancia cognitiva en un pueblo que es, por definición, mestizo y, en lugar de proyectar nuestra herencia de dos grandezas, nos asumimos como eternas víctimas. A esto hay que añadir el “efecto Pigmalión” (o de Rosenthal), que se refiere a la situación que se presenta, por ejemplo, si un maestro espera poco de un alumno y termina por limitar su potencial.

¿Qué hacemos ante esta situación?, ¿cómo superamos “el trauma”? Juan Miguel Zunzunegui propone desmontar el mito de ser "hijos de una violación". Esta narrativa es un caballo de Troya ideológico que obliga al mexicano a odiar a la mitad de sus ancestros, convirtiendo la historia en una lucha metafísica donde el mal (España) triunfó sobre el bien (indígenas).

Este historiador sostiene que la Conquista fue una liberación porque el 13 de agosto de 1521 cayó la tiranía mexica a manos de una coalición de pueblos sometidos que se aliaron con Cortés. No hubo una derrota de México porque no existía. El encuentro de Cortés y Moctezuma, quizá el más importante de la historia de la Humanidad, se puede considerar una ruptura civilizatoria para ambas culturas, un cambio equivalente a que hoy nos encontráramos con un extraterrestre. Representa el choque entre el Renacimiento (que florecía en Europa) y la Edad de Piedra (en la que estaban los habitantes de Mesoamérica). Una fusión que no buscó exterminio, sino la construcción de una nueva civilización católica, “urbanizada” (en las condiciones del siglo XVI) y mestiza.

Ahora que tantos mexicanos, empezando por Claudia Sheinbaum, se asumen como detractores de Hernán Cortés, no debemos olvidar que fue un visionario que apostaba por el mestizaje y reconoció a sus hijos como parte de una nueva nobleza. Sentó las bases del nuevo país y es, por pleno derecho, el fundador de la nación que hoy llamamos México.

Cinco siglos después de ese encuentro histórico, la presidenta de México protagoniza un sainete que resulta en un conflicto diplomático con Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. Las lamentables (y desinformadas) declaraciones de Sheinbaum contra España y su herencia en nuestro país son el síntoma moderno de esta herida abierta por una ideología que podemos considerar trasnochada y que insiste en utilizar la retórica del agravio y la "invasión" para obtener legitimidad política. Y, además, etiqueta a quienes valoran la herencia hispana como traidores a la patria. Este uso instrumental de la historia ignora que el virreinato de la Nueva España fue un periodo de esplendor donde se construyeron catedrales y universidades que, sin temor a equivocarnos, igualaban a sus pares europeas.

Mientras el oficialismo insiste en exigir disculpas por eventos de hace 500 años y se empeña en vivir fuera de este siglo XXI, figuras como Díaz Ayuso nos recuerdan que España está en nuestra sangre, idioma y apellidos, y que el populismo del agravio sólo sirve para dividir y ocultar la falta de un proyecto de futuro.

Una respuesta radical a ¿qué hacemos? es que México necesita una "psicoterapia de nación" que sustituya el odio por la gratitud histórica. Debemos dejar de vernos como víctimas de Hernán Cortés, original de Extremadura y representante del Reino de Castilla, que no de España, que tampoco existía en aquel momento, y de todos quienes llegaron en aquellas expediciones, para vernos como sus descendientes, junto a los guerreros tlaxcaltecas y las madres indígenas. El humanismo exige reconocer que somos una síntesis gloriosa de valores españoles e indígenas.

La reconciliación con nuestro pasado es el único camino hacia la prosperidad. Si dejamos ir la retórica de la "ontología de la derrota", México podría proyectarse como el gran país que su herencia dual le permitiría ser. Debemos ambicionar ser un pueblo que, orgulloso de su lengua española y sus raíces milenarias, mire hacia el futuro sin las cadenas del resentimiento, convirtiendo el espejo roto de nuestra identidad en un cristal claro de unidad y éxito nacional.

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Juan Carlos Núñez

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