Matices... Relatos nerudianos

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Matices... Relatos nerudianos

Miércoles, 06 Diciembre 2017 00:10 Escrito por 

Si todos los ríos son dulces ¿ de dónde saca sal el mar? ¿Es verdad que la esperanza debe regarse con rocío? ¿Cuántos años tiene noviembre?

Quizá buscar respuestas a estas interrogantes planteadas por Neruda fue lo que me trajo hoy a Isla Negra; que ni es isla, ni es negra. Es más bien una casa alargada y angosta –como mismo Chile–; una casa que mira de frente al mar. Mar del cual Neruda siempre se dijo enamorado. Mar al cual el poeta miraba todos los días, nunca con devaneo, siempre con singular sensatez, seguro de ser un orgulloso Capitán de tierra firme.

En Valparaíso se encuentran dos de las casas de Neruda: La Sebastiana e Isla Negra; su tercera casa, La Chascona, se ubica en el corazón de Santiago. De ellas, Isla Negra representa su vida después de la vida, así lo dice su disposición: “Compañeros, enterradme en Isla Negra, frente al mar que conozco, a cada área rugosa de piedras y las olas que mis ojos perdidos no volverán a ver”. Sus restos se encuentran ahí desde 1992, al lado de los Matilde, su gran… pero no único amor.

Cada espacio tiene su historia, cada espacio encuentra un sentido; todo huele a Neruda, todo arropado de sus ideales, de sus convicciones, de amor… de amores, mejor dicho. Todo lleno de un poco de su imaginario poético y mucha, mucha locura. Aquí creció con el amor de Delia del Carril, porteña veinte años mayor que él, quien con su belleza e inteligencia le dio mundo. Los espacios que compartió con “Maruca”, no están abiertos al público, dicen que por respeto a Matilde Urrutia, su segunda esposa y gran amor. Aquí también conoció y se enamoró de Alicia, la sobrina de Matilde, aunque se habla de ella con reservas, casi en secreto, como si fuera un tipo de agravio para la moral chilena.

En los espacios cerrados uno puede atisbar tres pequeñas habitaciones, algo cercano a un desayunador con vista a la vegetación –porque lo que le rodea no es precisamente un jardín–; en medio está una pequeña mesita empotrada a la pared con dos sillas de madera, en el fondo se advierte una pequeña, pequeñísima recámara redonda con vista al mar.

Desde ese lugar se inspiró para empezar a escribir Canto General, considera por muchos como su obra maestra; en ella habla de la lucha por la libertad de los pueblos latinoamericanos, cada palabra nos invita a conocer América a través de lo profundo del continente para encontrar las claves de nuestro pasado.

Intuyo que en esa profundidad se inspiraron a David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera para ilustrar la primera edición que se hizo en México de Canto General en 1950; fue tal vez una forma de expresar la comunión entre pincel y palabra. “América prehispánica” es el nombre que da Rivera a la ilustración de la guarda de inicio, por su parte la guarda final la aporta Siqueiros de la serie “Las tierras y los hombres”.

Si tienes un poco de suerte y puedas pasar a las habitaciones privadas, bajas por un escalera que simula llevarte algún camarote, pero en realidad te dirige a la sala, un espacio en forma de barco. En ella uno encuentra las primeras pasiones del capitán: patas de piano de colores, un juego de copas de cristal rojo hechas en México; dos sillas de piel, regalo de sus amigos españoles exiliados, mascarones de proa, vajillas, la María Celeste y muchos otros objetos más. El recorrido por la casa se da entre puertas estrechas, techos semi curvos, pisos tarugados, en los pasillos uno se topa con colecciones de máscaras y botines, instrumentos musicales, una rueda de carreta transformada en mesa, el lavabo de un barco francés, en el que hacia su ritual de lavarse las manos antes y después de escribir. Se encuentra también un kava-kava sin el iris izquierdo, Pablo decía que eso era así “por si acaso”, pues cuenta la leyenda que quien le mira a los dos ojos puede morir.

En una de las salas hay una mesa pequeñita de madera muy gruesa, sostenida en una pata pegada a la ventana; dicen que una tarde la vio entre las olas, llamó a Matilde y le dijo: “la mar le ha traído la mesa al poeta”, los dos salieron para esperar pacientes a que terminara de arrojarla a sus manos. El bar es mi lugar preferido, una pequeña mesa con algunas sillas, iluminada con focos de colores, que se iban cambiando hasta llegar a ser blancas, lo que indicaba a sus amigos que era hora de marcharse. En el fondo la barra, a la cual sólo podía ingresar él, encima había copas, naipes, dados, todo aquello que pudiera hacerle compartir con sus amigos; alrededor una serie de objetos, uno muy peculiar, un botín de cristal rojo que le regaló Diego Rivera. El techo, que es el piso de la recámara que compartió con Matilde, es de vigas, cada una tiene grabado el nombre de sus amigos que habían muerto, le gustaba pensar que descansaba en el cuerpo de sus amigos. Quienes tienen la oportunidad de entrar al bar, pueden escribir con tinta verde en una libreta, el único color que conocía el poeta, tal vez porque evoca la esperanza, esa que no sé si la riega rocío.

“No mires lo que no te importa, no seas curioso”, solía decir Pablo, pero si uno entra a cualquiera de sus casas, todo importa y todo se mira. Están tan llenas de historia, de nombres, de libros, de pinturas, de fotos, de un mundo sui generis, de un mundo de locos.

La casa de la Chascona [que en quechua quiere decir despeinada] ubicada en Santiago, nombrada así en honor a la cabellera hirsuta de Matilde, fue el primer hogar de ese gran amor vivido en la clandestinidad por más de cinco años, hasta su divorcio de Delia del Carril. A Matilde le conoció en 1942, pero la reencontró en México, en 1949; su amigo Diego Rivera que supo siempre de ese amor, hizo una pintura con el rostro de frente y perfil de Matilde, que en el fondo simulan también el perfil de Pablo, ese cuadro está en unas de las habitaciones de la casa. Delia les vio morir a los dos, partió a la edad de 104 años de edad, en 1989; Alicia aún vive, aunque nunca ha hablado, cosa que agradecen los chilenos. Nadie tampoco habla de Albertina Azócar, su “niña tenocha” que le inspiró 20 poemas de amor y una canción desesperada.

En La Chascona predominan también las formas irregulares y la vegetación como elemento unificador. Aquí se veló Neruda en 1973, diez días después del Golpe de Estado en el que murió –¿mataron?– Salvador Allende; sus amigos soportaron el frío que se colaba por las ventanas rotas que dejaron las secuelas del golpe militar; de ahí salió el cortejo al que se fueron sumando poco a poco los ciudadanos de a pie, uno a uno hasta sumar miles, lo que representó la primera manifestación de repudio al régimen de Pinochet. Lorena –colaboradora de la Fundación Neruda– recuerda el día en que Pinochet fue nombrado senador vitalicio, ella como integrante del Partido Comunista tenía la encomienda de pintar consignas en las bardas, esa tarde salió spray en mano y acompañada de sus dos hijos escribió sobre una pared: “El chancho que le faltaba al chiquero”. La policía la detuvo, pero al ver que iba con sus hijos la dejaron ir, no sin antes decirle que fuera una madre responsable, a lo que ella contestó: “Soy una madre responsable, por eso es que hago esto”, y salió corriendo al encuentro de sus hijos.

Este viaje fue muy nerudiano, regreso sin saber cuántos años tiene noviembre, pensando que quizá la sal del mar proviene de los humanos, como una forma de pagarle impuestos por permitirnos ser felices cuando nos adentramos en sus aguas. Con todo no dejo de pensar que Neruda es el escritor chileno más mexicano que jamás hubiera existido.

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Ivett Tinoco García

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