Lo que estamos presenciando en Venezuela no es una crisis regional. No se trata siquiera de petróleo: es la grieta visible en la hegemonía de Washington. En esa grieta hay tres nombres: Pekín, Moscú y Teherán.
Durante cuarenta años Estados Unidos mantuvo control absoluto sobre Venezuela a través de un mecanismo simple, el dólar. Caracas necesitaba dólares. La moneda de Venezuela estaba devaluada por lo que el precio del petróleo se fijaba en dólares. Estados Unidos controlaba el sistema bancario mundial a través del cual fluían esos dólares. Era una forma de control que no requiere tropas, invasión. Cada rival regional entendía esto, cada banquero entendía que el poder estaba en la estructura del petrodólar.
En 2023 Estados Unidos impuso su paquete de sanciones más severo contra Venezuela, desde la administración Trump con el claro mensaje de asfixiar al régimen cortándolo de transacciones que no tuvieran como base el dólar, destruir su capacidad de vender petróleo, forzar un colapso y un cambio de régimen.
Esto había funcionado antes con Irán, Corea del Norte, o al menos eso creían los planificadores estadunidenses pero Venezuela no colapsó. En su lugar sucedió algo más, algo que revela la debilidad estructural del poder estadunidense:
Venezuela giró hacia el Este, no como desesperación ni como último recurso sino como una opción estratégica. Venezuela estaba vendiendo el 70 por ciento de su petróleo crudo a China, no con descuento, no bajo coacción sino como parte de un acuerdo de asociación a largo plazo, por lo que el petróleo ya no se fija en dólares sino en yuanes a través del sistema bancario chino.
Seguramente ya no habrá guerra militar sino económica contra Venezuela. Le saldrá más barato a Estados Unidos, cuya economía se desangra día a día, más con el costo armamentista que aumenta cada año en cada conflicto y que en 2027, según el presidente Donald Trump llegará a 1.5 billones de dólares.
*Presidente de la A.C. Fraternidad Naturista Ecologista de la Sierra de Guadalupe Mahatma Gandhi. (Franature).

