La actividad ciclónica en el Océano Pacífico será intensa este 2026, por arriba del promedio climatológico, mientras que en el Atlántico se prevé por debajo de la media climatológica. En el Pacífico habrá entre 18 y 21 sistemas tropicales, de los cuales entre 4 y 5 podrían alcanzar categoría de huracanes mayores. Para el Atlántico serán sólo entre 11 y 15 fenómenos, con posibilidad de que 1 o 2 evolucionen a huracanes de gran intensidad, así lo informó el coordinador general del Servicio Meteorológico Nacional (SMN), Fabián Vázquez Romaña, en la Reunión Nacional de Protección Civil, el pasado 22 de abril de 2026, en Boca del Río, Veracruz.
Los ciclones tropicales son un fenómeno natural y tienen una función fundamental en la distribución de lluvia en nuestro país, para beneficio de las zonas más áridas, entre otras imprescindibles funciones climáticas. Con las lluvias excedentes, cada año se rellenan las presas y el escurrimiento fortalece los acuíferos. En tal sentido, lo que tenemos que hacer como sociedad es aprender a convivir con la naturaleza y respetarla en su esencia, ciclos y desmesuras, porque también la naturaleza es tremenda cuando se expresa.
Reconocer que los efectos catastróficos de los fenómenos ciclónicos son consecuencia de la transgresión de las leyes naturales que el planeta impone y que el progreso humano se empeña en no respetar o en no adaptarse adecuadamente a ellas, creando condiciones de riesgo en donde no deberían existir si no fuera por esa obstinación de alterar los ecosistemas y querer que estos sean los que se adapten a las exigencias de la oferta y la demanda, creyendo que una mole de cemento construida ayer podrá detener el cauce milenario de un río, o que los movimientos naturales de las placas tectónicas adyacentes a la superficie terrestre distingan entre una zona VIP y el arrabal.
“Aquí nos tocó vivir”, versa el dicho popular. Y aunque parezca broma, es el primer reconocimiento que se debe hacer a la hora de considerar la inminencia de un riesgo: aceptarlo. Reconocer que no se puede cambiar de un día a otro una situación de vida, ni condiciones de riesgo socialmente construidas durante décadas. Identificar nuestras vulnerabilidades y peligros ante la temporada de huracanes permite saber dónde se vive, cómo se vive, con qué se convive, con qué frecuencia y con qué intensidad se expone una comunidad al riesgo de desastre.
Si no se puede desviar el cauce de un río; si no se puede modificar un reblandecimiento del suelo o fortalecer una ladera inestable; si se habita en una zona baja y ésta con frecuencia se inunda; si los materiales con los que están edificadas ciertas viviendas no son tan resistentes ante las fuertes rachas de viento o la fuerza con la que un río desbordado pueda arrastrar caminos, entre otras condiciones de riesgo, si no se pueden modificar de manera unilateral y con la simple voluntad y esfuerzo de una familia o pequeños núcleos sociales, corresponde entonces intervenir desde otro nivel de atención, desde el Estado y sus instituciones, para mitigar o aminorar los riesgos detectados para que la comunidad en cuestión no sucumba ante ellos.
Este año, la Coordinación Nacional de Protección Civil propone cinco ejes fundamentales que articulan la respuesta ante emergencias, entre los cuales se destacan el fortalecimiento del monitoreo y la alerta temprana, así como la mitigación directa a través de la limpieza de ríos y la estabilización de laderas.
Estas intervenciones de carácter preventivo son para salvaguardar y proteger a la población de los efectos destructivos de un fenómeno natural que no ve ni discrimina a las poblaciones más vulnerables, marginales y pobres de nuestro país, quienes siempre sacan la peor parte. Esperemos que este año sea la excepción. Esto es protección civil. ¡Que su semana sea de éxito!
Hugo Antonio Espinosa
Funcionario, académico y asesor en gestión de riesgos de desastre
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